La familia en el centro



Y Dios creó al ser humano a su imagen; 
Lo creó a imagen de Dios.
Hombre y mujer los creó,
Y los bendijo con estas palabras:
Sean fructíferos y multiplíquense;
Llenen la tierra y sométanla;
Dominen a los peces del mar y las aves del cielo,
Y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.
(Génesis 1:27-28 NVI)

Si tuviera que resumir la historia de la Biblia lo haría de esta manera. Dios creó al hombre como un acto de amor, porque deseaba formar una familia. Creó a la mujer porque deseaba una compañera para el hombre y así se formó la primera familia. Dios cultivó una relación de amor con sus hijos hasta que ellos decidieron actuar fuera de su voluntad. A partir de ahí, Dios busca un camino para reunirse de nuevo con su familia y lo hace a través de su propio hijo Jesús, al cual envía a la tierra para terminar con la distancia que se había creado entre el hombre y Dios.

La primera parte de la escritura es especialmente importante. Dice que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Es decir, Dios nos creó como replica de sí mismo. Nosotros tenemos el ADN del creador de la vida y, por lo tanto, somos hijos y herederos de nuestro Padre en el cielo. Jesús fue el primero en hacernos ver a Dios de esa manera. Hasta entonces se referían a Dios como Señor o Jehová entre otros términos que inspiraban e infundían respeto y una admiración un tanto distante. Sin embargo, Jesús nos muestra una imagen de Dios muy diferente. Nos habla de él como un padre paciente, amoroso, compasivo y misericordioso. En numerosas ocasiones menciona Jesús a su padre celestial. En la mayoría de los casos le acusan de blasfemia por igualarse a Dios o le responden confundidos de qué padre está hablando. Ninguno de ellos estaba realmente entendiendo la realidad y la naturaleza amorosa a la que Jesús está apuntando al describir a Dios como un padre. Así que el primer paso para sentirse parte de la familia de Dios es entender en nuestro espíritu que Dios es nuestro padre y que él nos aprueba y se siente orgulloso de nosotros.  

Después de crear a Adán, Dios que había visto como bueno todo lo que había creado, no consideró bueno que el hombre viviera solo. Por esa razón, formó a Eva y con ella la primera familia. El propósito de la creación es formar una familia. El regalo más importante que recibimos de Dios es el de la familia. Debe ser el centro de nuestra vida y nuestra brújula en el camino. La estructura de la familia es nuestra colimna vertebral, es el tronco que sostiene el árbol de la vida. La familia es nuestra fuente de paz y sosiego, pero también es el origen de nuestra fortaleza y la motivación de nuestras acciones. Si aquello que deseamos hacer no trae paz, ni unión a nuestra familia debes entender que es algo que está fuera del propósito de Dios. Su voluntad es que en el centro de nuestras vidas esté él como el padre amoroso y proveedor que es y nuestra familiar como motor de nuestras acciones y decisiones en la tierra.

Justo después de formar la primera familia en la tierra, Dios no pierde tiempo en bendecir esa unión. Esta es la primera bendición registrada en la Biblia. Las primeras menciones en la Biblia son de especial importancia, por ello debemos prestar mucha atención a su significado. Este es un principio realmente importante para nosotros que somos padres y madres de familia. Es vital que usemos nuestras palabras para bendecir a nuestros hijos y declarar un futuro próspero y brillante en sus vidas. Nuestras palabras tienen un peso muy grande en como se desarrollarán y si nosotros no los bendecimos, nuestro silencio será recibido como rechazo o distancia. Incluso Jesús necesitó la bendición de su padre cuando Juan el bautista lo bautizó en el río Jordán. Por primera vez se escuchó una voz audible desde el cielo declarando que aquel era su hijo y que se sentía muy complacido. Si Dios consideró importante bendecir a sus primeros hijos Adán y Eva y hacer audible su voz para bendecir a su hijo Jesús delante de cientos de testigos antes de comenzar su ministerio quiere decir que es un principio que nosotros también debemos adoptar para nuestros propios hijos.

El siguiente aspecto importante de la primera bendición es que Dios concretamente forma la familia con el propósito de dar fruto. Es decir, la fuente de nuestra productividad y nuestra capacidad de impactar no solo nuestras vidas sino las vidas de los demás es a través de la familia. Aquel que está completamente anclado en la familia es aquel que puede tener una vida plena y fructífera. Todas las decisiones de trabajo, de futuro y de crecimiento deben pasar por el filtro de la familia. Si ese nuevo trabajo no es bueno para tu familia, no es bueno para ti, aunque venga con un aumento salarial, aunque te prometan éxito y fama. Si la integridad de la familia se ve comprometida pos tus acciones o decisiones, quiere decir que no están guiadas por Dios y sus deseos de futuro para ti.

Inmediatamente después de declarar una vida fructífera, Dios declara que el segundo propósito de la familia es el de multiplicarse. Mis padres son ahora abuelos de 14 hermosos nietos: 7 niños y 7 niñas. No creo que haya nada más reconfortante que ver a tu familia y contemplar el valioso regalo que es pertenecer y formar parte de una familia numerosa. Dar luz a un bebé, verlo crecer, presenciar el milagro de la vida, contribuir a formar su carácter, es un regalo que Dios nos hace al otorgarnos a nosotros el privilegio de criar a nuestros hijos. El ciclo de la vida está lleno de etapas cuyo valor es incalculable, pero a veces vivimos queriendo llegar al próximo capítulo. Cuando el bebé empiece a dormir más, cuando se le pasen los enfados, cuando sea más independiente, cuando salgan de la casa, cuando termine de pagar los coches, etc…Si no vivimos apreciando la belleza de cada etapa nos perderemos lo más importante que nos da la vida que es el privilegio de ver a nuestros hijos crecer y de caminar cada paso a su lado.

En la última parte de la escritura, Dios desea que sometamos la tierra y que la usemos para nuestro beneficio. Su deseo original siempre fue el que viviéramos de la tierra, para alimentarnos, para guarecernos y para que la tierra nos recuerde siempre el origen de nuestra creación. El plan de Dios era que vivéramos en armonía con la tierra, nuestro hogar y que de ella obtuviéramos aquello que necesitábamos para la subsistencia. Sin embargo, hemos pasado de un dominio en armonía a una tiranía sin remordimiento. Como familia de Dios hemos fallado en honrar y respetar el hogar que él nos dio para nosotros. Sin embargo, todavía dentro de nuestros pequeños círculos familiares podemos ejercer la autoridad armoniosa que Dios nos dio y podemos dar gracias orar por nuestros hogares, así como por la tierra que nos sostiene. Nosotros aun podemos traer la sanidad y la estabilidad original que Dios siempre deseó para nuestro núcleo familiar siempre y cuando apreciemos los recursos que nos brinda la naturaleza.   

En el día de hoy me gustaría que considerases varios aspectos de la familia, empezando por tener la certeza de Dios es tu padre espiritual y que él te aprueba y se siente orgulloso de ti. También te animo que tomes unos minutos para agradecer por tu familia y que a partir de ahora tomes las decisiones considerando el bien y la unidad de tu familia como elemento esencial. Aparta también un tiempo para escribir una bendición para tus hijos. Recítales su bendición cada noche antes de que se vayan a dormir. Hazles saber lo mucho que los amas y describe su futuro con palabras de esperanza y fe. Por último, te animo que bendigas tu hogar, el lugar físico donde vives, pero que también consideres la tierra como el lugar que Dios diseñó para nosotros y que hagas lo que esté en tu mano por traer armonía, honor y balance al lugar que nos sostiene y nos cobija.




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